Mañana, lunes 26, se cumple el centenario del nacimiento del profesor y escritor José María Valverde (1926-1996) en Valencia de Alcántara. Allí se celebrará mañana por la tarde un acto conmemorativo que dará inicio a unas jornadas en recuerdo del poeta y traductor vicentino que tendrán dos momentos: primero en su pueblo de origen, mañana y pasado, y luego en Cáceres, en la Facultad de Filosofía y Letras, los días 19 y 20 de febrero. El encuentro en Valencia de Alcántara se hace coincidir con el centenario y las jornadas se desarrollarán una vez que se haya reanudado el período lectivo en la Universidad de Extremadura, cuyo alumnado será el público principal de las actividades programadas. Mi compañero del área de Filología Inglesa Luis Javier Conejero ha sido uno de los impulsores de estos actos, y con él, el profesor de Derecho Constitucional de la UEX Gabriel Moreno. Ambos son de Valencia de Alcántara, y se han preocupado de buscar apoyos para la celebración de un centenario que contará mañana con la participación del escritor y crítico Jordi Amat, que fue responsable del libro Fons José María Valverde (1942-1996). Fragments d'una biografia intel-lectual (Centre d'Estudis Històrics Internacionals y Editorial Afers, 2010), sobre el valioso archivo personal del escritor, con manuscritos, documentos administrativos, cartas, prensa y papeles varios relativos a quien ha sido una de las figuras más respetadas de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX. Participarán también la poeta Ada Salas y el artista Jesús Placencia, coautores de Ashes to Ashes. Catorce poemas a partir de catorce dibujos a partir de T. S. Eliot, un libro que publicó la Editora Regional de Extremadura también en 2010, y que les servirá de base de una lectura que será una manera de recordar al Valverde que vertió al español los Cuatro cuartetos de Eliot en sus Poesías reunidas (1978). El martes 27 intervendrá el catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Valencia Jesús Tronch y tendrán lugar diferentes actividades de carácter didáctico sobre el escritor en el IES Loustau-Valverde de la localidad. Para las jornadas de febrero se han programado charlas en torno a la poesía, la traducción y el pensamiento de Valverde por diferentes estudiosos, procedentes de diferentes universidades españolas y de la UEX. Programa completo aquí.
domingo, 25 de enero de 2026
jueves, 22 de enero de 2026
Antonio Rey Hazas
Hace algo más de un mes desde su fallecimiento y quiero recordarlo. Estoy seguro de que supe de la existencia de Antonio Rey Hazas (Guadalajara, 1950-Madrid, 2025) por su amigo y compañero de clase Jesús Cañas Murillo, que me hablaría de él en los primeros ochenta, antes de conocer alguna de sus numerosas publicaciones. Jesús estudió con Antonio en la Universidad Autónoma de Madrid, se hicieron amigos y ambos tuvieron como maestro a Juan Manuel Rozas (1936-1986), que luego ejerció en Cáceres desde 1978. Bajo su dirección, trabajaron juntos —con otros compañeros como Enrique Rull, José Rico Verdú, Mario Hernández o Miguel Á. Pérez Priego— en la elaboración de las unidades didácticas de la Historia de la literatura de la UNED, utilísima para el estudiante de tercero de Filología que yo era en 1983, cuando la compré. Quizá aquello fuese lo primero que yo conocía de Antonio Rey, porque, poco después, me hice con su edición de La pícara Justina, que salió, antes de que leyera su tesis doctoral sobre el carácter paródico de esa novela, en Editora Nacional, un sello también asociado ya desde entonces a su querido Jesús Cañas, por su magnífica edición del Libro de Alexandre, y a Rozas, a quienes ambos, Antonio y Jesús, dedicaron sus respectivas obras publicadas allí. Fue Malén Álvarez quien el martes dieciséis de este pasado diciembre me envió un mensaje de wasap comunicándome la muerte de Antonio Rey esa mañana. Ella lo había presentado en su intervención sobre Cervantes en el CPR de Cáceres en 2016, en uno de los muchos actos organizados por el centenario cervantino. Después supimos de los atisbos de la enfermedad que poco a poco fue agravándose y arrebatándole uno de sus fuertes, la memoria de la que echaba mano tan oportunamente cuando evocaba el pasaje de una obra, el dato de algún autor o una situación novelesca, de su Quijote o de otros textos. No me resulta difícil reconstruir algunas de las situaciones que todos estos años nos acercaron, desde aquel día que probablemente fuese mi primer encuentro con él, cuando participó en el tribunal de la tesis doctoral de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes en 1987, papel que desempeñó magnánimamente en otras ocasiones en nuestro departamento cacereño, hasta su conferencia inaugural en el Curso de Verano Lecciones de Teatro Clásico, en la quinta y última edición dedicada al teatro de Cervantes en junio de 2016. Es fácil recordarle ahora, cariñoso y amable siempre, lleno de sentido del humor, y con un talante que luego confirmaban las opiniones de quienes habían sido alumnos de un buen profesor, querido por todos, «de apacible condición y de agradable trato», como su amado don Quijote vuelto en Alonso Quijano el Bueno. También colegas como José Manuel Lucía Megías, Carmen Valcárcel o Rosa Navarro, entre otros, han dejado sus cariñosos comentarios en sus redes sociales. Presidió durante ocho años la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid, cuyas actividades conocí gracias al ciclo «La literatura española y su contexto universal (siglos XVIII a XX)», por hablar sobre la Ilustración y los orígenes del romanticismo en noviembre de 1996, en un abarrotado salón de actos de un céntrico instituto de enseñanza secundaria madrileño, como buena prueba de su capacidad de convocatoria y su gestión. Aun siendo un investigador de la literatura española del Siglo de Oro, de la picaresca, del teatro barroco y de la novela cervantina principalmente, me llamó siempre la atención la amplitud de sus intereses y la calidad de sus estudios sobre otras épocas, como un espléndido trabajo sobre la estructura de Don Álvaro o la fuerza del sino, que publicó, precisamente, en el homenaje a Juan Manuel Rozas que le dedicó el Anuario de Estudios Filológicos de mi facultad. Otro autor del XIX, Pereda, mereció su atención, y una novela como Peñas arriba, que editó en Letras Hispánicas de Cátedra. Curiosamente, en otro homenaje a Rozas, el que editó la colección «Magistri» del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura en 2008, apareció otro de esos trabajos singulares por su agudeza, el que trató el poema «Lope. La Noche. Marta» (Agenda) de José Hierro. Pero sus numerosas aportaciones cervantinas con Florencio Sevilla (1956-2020) —otra pérdida temprana—, como Cervantes: vida y literatura (Alianza Editorial, 1995), o sus ediciones de las obras completas de Cervantes; y, en solitario, las de El Buscón (1982), del Lazarillo (1984) o de Salas Barbadillo y Castillo Solórzano en Picaresca femenina (1986), y sus libros Deslindes de la novela picaresca (Universidad de Málaga, 2003), Poética de la libertad y otras claves cervantinas (Eneida, 2005), entre otras publicaciones, son las que mejor representan su perfil como estudioso. Por ello, específicamente «por el engrandecimiento de la cultura hispánica», en 2013 fue galardonado con la Medalla de Oro José Vasconcelos en México, que agradeció con un documentado discurso titulado «América en Cervantes», recogido en un volumen homónimo que publicó ese año el Frente de Afirmación Hispanista, asociación promotora del premio y de la revista Norte. Con su tan leído Quijote, ya fuese por la melancolía que le causaba el verse vencido por la suerte, o ya, según quien crea, por la disposición lacerante del cielo, se le arraigó la enfermedad fiera que no quiso que hiciese salida nueva y cesó su vida (II.LXXIIII). Sacudidos por ello, nos quedan su recuerdo y sus obras.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Espectador de provincias
Zorrilla, en sus Recuerdos del tiempo viejo, escribió que su padre firmó 72 000 pasaportes para pasar a Madrid a ver la famosa comedia de magia de Grimaldi La pata de cabra, estrenada en febrero de 1829 —en aquel momento, estaba prohibido entrar en Madrid sin una razón justificada. Nos lo recordó un experto en el teatro decimonónico como David T. Gies en su esclarecedora edición de aquella singular comedia en la colección «Tramoya» de Bulzoni Editore en 1986. Han cambiado los tiempos; pero cada vez que acudo a la capital a ver teatro pienso en aquello, y me siento como el espectador de provincias que va a la villa y corte a completar las carencias que la cartelera de una ciudad como Cáceres tiene. (De enero a mayo de 2026, los espectáculos estrictamente teatrales del Gran Teatro público de esta ciudad no llegan a la media docena; y no hay nada que se pueda considerar de calidad contrastada). En estos días propicios para el recuento anual, he recopilado mis notas sobre algo de lo visto en los teatros capitalinos, y puedo concluir ya que echo en falta aquella época en la que aquí podíamos ver grandes producciones de la cartelera nacional, a veces, incluso antes de que fuesen estrenadas en Madrid. En marzo viajé con el único motivo de ver el montaje de Historia de una escalera dirigido por Helena Pimenta para el Teatro Español. Me gustó mucho estar en el mismo espacio, setenta y cinco años después de su estreno; y suscribí la mayor parte de los calificativos que se pueden decir sobre el espectáculo, desde imprescindible y expresivo hasta soberbio, también el gran nivel dramático, la validez artística, lo impecable de la escenografía o el destacado desempeño de los actores y las actrices; pero me salí con el runrún de una precisa idea —que comparto— publicada por Raquel Vidales unos días antes en Babelia de El País (15.03.2025, pág. 15) bajo el título de «Teatro como Dios manda»: «el teatro es un arte que sucede en presente y las aproximaciones arqueológicas no contribuyen a su supervivencia, más allá de que puedan ser correctas, contentar al público tradicional y satisfacer a estudiosos de la literatura dramática o profesores de instituto». E insisto, no veo nada reprochable desde el punto de vista artístico y de conocimiento teatral a esta Historia de una escalera de Pimenta. Eso sí, no acabé de encajar las risas del público en determinados momentos de alta intensidad dramática y de expresión sobria de mensaje sombrío y desencantado, que se atenuó al final con el texto que dijo el niño —aquel sábado lo encarnó Eneko Haren—, y que Helena Pimenta había rescatado de unas palabras que el dramaturgo publicó en Primer Acto en 1957: «Los hombres no son necesariamente víctimas pasivas de la fatalidad, sino colectivos e individuales artífices de sus venturas y desgracias. Convicción que no se opone a la tragedia, sino que la confirma. Y que, si sabemos buscarla, advertimos en los mismos creadores del género. Mas, al tiempo, convicción que abre a las mejores posibilidades humanas una indefinida perspectiva. Pese a las reiteradas y desanimadoras muestras de torpeza que nuestros semejantes nos brindan de continuo, la capacidad humana de sobreponerse a los más aciagos reveses y de vencerlos inclusive, difícilmente puede ser negada, y la tragedia misma nos ayuda a vislumbrarlo. Esta fe última late tras las dudas y los fracasos que en la escena se muestran; esa esperanza mueve a las plumas que describen las situaciones más desesperadas. Se escribe porque se espera, pese a toda duda. Pese a toda duda, creo y espero en el hombre, como espero y creo en otras cosas: en la verdad, en la belleza, en la rectitud, en la libertad. Y por eso escribo de las pobres y grandes cosas del hombre; hombre yo también de un tiempo oscuro, sujeto a las más graves pero esperanzadas interrogantes». Son palabras que ahora, al final de un año y en el contexto español y mundial, cobran una significación muy particular. A la semana siguiente volví a Madrid, y en esa ocasión, al Teatro de la Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuya sección Joven puso en pie un digno Don Gil de las calzar verdes. Me llamaron la atención y me gustaron las modificaciones que sobre el texto de Tirso se hicieron para aclarar al público el complicado enredo de la comedia, pero me llevé un chasco cuando comprobé que el libreto que vendían a la salida era el texto mondo y lirondo original tirsiano. Habíamos visto a la Joven Compañía Nacional en junio del año pasado, en la trigésimo quinta edición del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, con un talentoso montaje de La discreta enamorada en el que nos tocó Cristina Marín-Miró como Fenisa, y esta actriz fue, precisamente, una de las destacadas de un elenco de Don Gil que resuelve muy bien una intencionada diversificación de los papeles del texto entre sus actrices y sus actores. En ese caso, se quiso dividir las tres caras de un personaje —la Juana de Don Gil de las calzas verdes— en tres intérpretes: Cristina Marín-Miró (Don Gil), Ania Hernández (doña Juana) y Cristina García (Doña Elvira y Fabia). Fue una experiencia muy grata, con el añadido de que sirvió como actividad didáctica con nuestras alumnas y nuestros alumnos de Filología Hispánica, que disfrutaron, como yo, en su papel de público de provincias. Feliz año 2026.
martes, 16 de diciembre de 2025
Literatura y responsabilidad
Si evito el más manido título de «Literatura y compromiso» es para compartir la solidez del modo de abordar los conceptos que giran en torno a las relaciones entre política y estética que se tratan en los trabajos reunidos en este volumen coordinado por Bénédicte Vauthier, Adriana Abalo Gómez y Raquel Fernández Cobo: Modernidades político-estéticas hispanas e historia de los conceptos. Autonomía, engagement, responsabilidad (Madrid-Frankfut am Main, Iberoamericana-Vervuert, 2024). Las dos primeras, junto a Rebeca Rodríguez Hoz, firman la introducción que deja claro desde su título cuáles son los fundamentos metodológicos desde los que se afronta la «literatura problemática», en ese texto preliminar programático: «Arte problemático. Modernidades político-estéticas hispanas a la luz de la historia de los conceptos de Reinhart Koselleck». La importancia como referente epistemológico del teórico alemán (1923-2006) se ha querido patentizar con la fotografía de mayor tamaño de todas las que componen el mosaico de la cubierta, de arriba abajo, bordeando la de Koselleck: Josefina Ludmer, Benjamín Jarnés, Isaac Rosa, Max Aub, Carmen Martín Gaite, Jean-Paul Sartre, Guillermo de Torre, Ricardo Piglia, Francisco Ayala, Manuel Vázquez Montalbán y Julio Cortázar. El libro es el más reciente foro sobre la cuestión del compromiso en la literatura, partiendo de una propuesta de superación del término en favor de otros como autonomía o responsabilidad de la obra literaria. O engagement, del que se parte en las primeras páginas de la mencionada introducción para defender su comprensión teniendo en cuenta toda su red de conceptos (págs. 9-69). Este es el hilo que une la docena de trabajos que conforman esta obra en la que las diferentes perspectivas de las contribuciones sobre la problemática relación entre política y estética y la galería de autorxs estudiadxs —en consonancia con una idea de la expresión política o ideológica, las coordinadoras del volumen reiteran el uso de la «x»,«pero no de forma mecánica», como marca de lenguaje inclusivo— engrandecen el interés del conjunto y sus aportaciones. Cabría repartir las zonas de interés del libro entre España y América, en dos secciones no equilibradas, y significativamente relacionadas por la circunstancia del exilio republicano. El ensayo de Geneviève Champeau indaga en formas de inserción de la literatura en problemas ideológicos desde la narrativa realista y social de Arconada o López Salinas o los casos de Sender y de Francisco Ayala, hasta llegar a la literatura del siglo XXI con un autor como Isaac Rosa, y abre, con un planteamiento más conceptual, diferentes miradas hacia revistas y autores en los de Juan Herrero-Senés («Cuestionamiento del espacio del compromiso: una mirada a la España de los años treinta»), Sofía González Gómez («La revista Nueva España en 1930 y la configuración de un modelo de escritor comprometido»), Fernando Larraz («Crisis autorial y exilio. Max Aub, Francisco Ayala y la responsabilidad del escritor en los años cuarenta»), Domingo Ródenas de Moya («El compromiso de la responsabilidad en Guillermo de Torre») y Adriana Abalo Gómez («Cuando el compromiso venció a la responsabilidad. Un vis à vis entre Jean-Paul Sartre y Guillermo de Torre»). A partir de aquí, y salvo el caso del trabajo de Luca Scialò sobre la memoria como clave del compromiso literario en Vázquez Montalbán, las aportaciones se dirigen hacia autoras y autores iberoamericanxs: Óscar Collazos, colombiano, Mario Vargas Llosa, peruano, y Julio Cortázar, argentino, en el trabajo de Gustavo Guerrero sobre compromiso y autonomía literaria en la polémica entre esos tres autores entre 1969 y 1970, como una antesala del caso Padilla (pág. 198); los representantes del ensayo hispanoamericano del siglo XXI, un salvadoreño como Horacio Castellanos, un ecuatoriano como Leonardo Valencia, y un autor de México, Jorge Volpi, en las páginas de Félix Terreros; o algunos ejemplso de la literatura de Argentina que son tratados en los capítulos redactados por Annick Louis («El compromiso del objeto. Transformar la institución desde las prácticas en la posdictadura argentina (1984-1986)», Luciana Pérez («Historia de una sutil polémica: Juan José Saer, David Viñas y el escritor comprometido») y Raquel Fernández Cobo («Ricardo Piglia y su ejército invisible: tres maniobras para construir una literatura argentina revolucionaria»). Muy bien concebido y muy abarcador, creo que este libro clarifica los interrogantes que se plantean sus coordinadoras en torno a una problemática —responsabilidad frente a gratuidad—que afecta a gran parte de la literatura de los siglos XX y XXI.
martes, 18 de noviembre de 2025
Bibliografía de Bartolomé José Gallardo
Me cupo el honor, hace ya algo más de treinta años, de presentar la edición facsimilar que publicó la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx) del imponente libro de Antonio Rodríguez-Moñino Don Bartolomé José Gallardo (1776-1852). Estudio bibliográfico, cuya primera edición databa de 1955. Fue en Badajoz, en las primeras Jornadas Bibliográficas que la UBEx comenzó a organizar bajo el nombre del insigne polígrafo de Campanario, y que, con ese título, publicado en 1994, afirmaba su función de rescatar en facsímil buena parte del más representativo patrimonio bibliográfico de Extremadura —aquel año también saldría el Ábito y Armadura Espiritual de Diego de Cabranes (1544), y el anterior, 1993, se había publicado el primer libro impreso aquí, en Coria en 1489, el Blasón General y Nobleza del Universo, de Pedro de Gracia Dei. Aquellas publicaciones de los primeros pasos de la UBEx fueron muy oportunas, y, además, identitarias, si vale así destacar su conformidad con los principios fundacionales de tan singular asociación que recogía en el artículo II de sus Estatutos la «valoración, exhibición, publicación y reedición facsimilar de otras antiguas, raras y agotadas que sea conveniente difundir por su especial contribución a los valores de tipo cultural de Extremadura». Pero no siempre pudo mantenerse un nivel tan alto en cantidad y calidad, y la UBEx pasó por un período intrincado en el que las dificultades económicas estuvieron a punto de dar al traste con la asociación, que logró mantenerse y conocer una etapa, la actual, en la que a su mando sigue Matilde Muro Castillo, y en la que se han publicado las que a mi parecer han sido unas ediciones que han devuelto a la UBEx a sus afanes de aquel comienzo ilusionado de los años noventa del pasado siglo. Estas dos publicaciones señeras han sido el tomo V del Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos de Bartolomé José Gallardo (en edición de Ana Martínez Pereira. Badajoz, UBEx, Ayuntamiento de Campanario y Diputación Provincial de Badajoz, 2022) y la novedad más reciente, que se presentará dentro de dos días en Badajoz: Bartolomé José Gallardo: Bibliografía, de Alejandro Pérez Vidal (Unión de Bibliófilos Extremeños, 2025). Es, setenta años después de la publicación de aquel libro de don Antonio Rodríguez-Moñino que fue un hito en los trabajos vindicadores del gran bibliógrafo Gallardo, el más importante y actualizado estudio bibliográfico sobre el extremeño. Además, en el libro de Pérez Vidal hay transcripciones de dos poemas y un texto en prosa y de cinco manuscritos inéditos. El apéndice (págs. 235-371) tiene nada más y nada menos que ciento treinta y seis páginas. Es un trabajo monumental y riguroso, hecho por un excelente conocedor del período que va desde el último tercio del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Alejandro Pérez Vidal (Barcelona, 1953), que fue profesor de Literatura Española en la Universidad de Gerona y después traductor del Consejo de la Unión Europea en Bruselas, hizo su tesis doctoral sobre la obra satírica de Bartolomé José Gallardo, de la que derivó su libro Bartolomé José Gallardo. Sátira, pensamiento y política (Editora Regional de Extremadura, 1999). En ese sello de la Editora Regional apareció su «cuaderno popular», de carácter más divulgativo, Bartolomé José Gallardo. Perfil literario y biográfico (2001). Como uno de los más eminentes especialistas en la obra del de Campanario, colaboró con su trabajo «Materiales para los estudios gallardianos: epistolario y cabos sueltos» en el volumen La razón polémica. Estudios sobre Bartolomé José Gallardo, coordinado por Beatriz Sánchez Hita y Daniel Muñoz Sempere, que publicó la Fundación Municipal de Cultura de Cádiz en 2004; y fue el responsable de la redacción de la biografía de Gallardo en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, de 2009. Ha estudiado igualmente la obra de Mariano José de Larra, que editó en Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, en la colección Biblioteca Clásica de Editorial Crítica en 1997, actualizada en la misma colección en la Real Academia Española en 2016. Su magnífica obra Bartolomé José Gallardo: Bibliografía (UBEx, 2025) se presentará este jueves 20 de noviembre, a las 19:30 horas, en la sede de la Unión de Bibliófilos Extremeños en Badajoz (C/ Encarnación, 3).
miércoles, 29 de octubre de 2025
Haroldo Conti
Hace pocos días en una librería de Madrid me hice por siete euros con la segunda edición —quizá mera reimpresión, al mes de la primera— de En vida, la novela de Haroldo Conti que ganó el Premio Barral de 1971. Se me presentaron a la vista del ejemplar la circunstancia de que se ha cumplido este año el centenario del nacimiento de este escritor argentino y el hecho de que sigue siendo uno de los desaparecidos de la dictatura militar. También que este título no estaba entre los que busqué a finales de los ochenta en la biblioteca de la Facultad, y que sigue sin estar (tampoco en el fondo de Zamora Vicente, tan nutrido de literatura iberoamericana). Anoto, sin más, este recuerdo a Conti. Y, por cierto, el número de este mes de la Revista de Occidente (núm. 533, octubre 2025) publica el texto del discurso —«Escritura y exilio»— de Sergio Ramírez en el acto de graduación del Instituto Universitario Ortega-Marañón en Madrid el 6 de junio de 2024, en el que el escritor nicaragüense se incluye tristemente en la «larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras», y evoca nombres que habían padecido muerte, desaparición, cárcel o destierro, entre los que estaban «Haroldo Conti, secuestrado y desaparecido a manos de la dictadura del general Videla en Argentina en 1976; y Rodolfo Walsh, asesinado en Buenos Aires en 1977 por la misma dictadura» (pág. 247). Allí existe un Centro Cultural de Memoria que lleva el nombre de Haroldo Conti, que es un espacio de difusión y promoción de la cultura, la educación y los derechos humanos, ubicado en el edificio de la antigua y siniestra Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). En su página web se puede leer el legajo núm. 77 de la desaparición del escritor: «El día 4 de mayo de 1976 fue aprehendido cuando retornaba a su domicilio de Capital Federal a medianoche, junto a su compañera Marta Beatriz Scavac Bonavetti y el bebé de ambos. Allí tenía que aguardarlos un amigo. Al arribar a la vivienda, el amigo se encontraba ya maniatado, había un grupo de individuos vestidos de civil, quienes golpearon brutalmente a la pareja y la encerraron allí mismo, mientras se peleaban por el reparto del «botín»: los sueldos de ambos, percibidos esa mañana, efectos patrimoniales de toda naturaleza, etc., dejando escasamente los muebles de gran tamaño. Robaron los originales de todas las obras de Conti, y documentación personal». Estaba a punto de cumplir cincuenta y un años.
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Haroldo Conti,
Literatura Hispanoamericana
jueves, 9 de octubre de 2025
'Dieciocho' y David T. Gies
Han sido varias las entradas que he dedicado en este blog a la revista Dieciocho, todas durante la etapa en la que la dirigió mi querido y admirado colega David T. Gies, a quien recordé cuando se jubiló en 2018 de las clases como catedrático de Español en la Universidad de Virginia, de cuyo departamento de Español, Italiano y Portugués fue director durante trece años. De su trayectoria como profesor, gestor —también fue, entre 2013 y 2016, presidente de la Asociación Internacional de Hispanistas— y estudioso —sobre todo, de la literatura de los siglos XVIII y XIX, con trabajos sobre autores como Nicolás Fernández de Moratín, géneros como la comedia de magia, textos clásicos como Don Juan Tenorio o panoramas históricos del teatro español decimonónico— hay mucha y cordial información en la página web en su homenaje que sus amigos y compañeros le ofrecieron; entre la que se incluyó una deliciosa conversación de David con su maestro Javier Herrero (1926-2023), que da idea de cómo se gestó uno de los departamentos americanos de estudios hispánicos más punteros. El viernes 3 de este mes me llegó el aviso de publicación de un nuevo número de Dieciocho, el 48.2, correspondiente al otoño de este año, que tiene la extraordinaria particularidad de que es el último en el que figurará como director David T. Gies, que se despide en las páginas introductorias del volumen («Importantes cambios: carta del director»), después de treinta dos años —desde 1993—. A partir de ahora, desde el primer número del próximo año, 49.1, la revista será codirigida por las profesoras Catherine M. Jaffe (Texas State University) y Elizabeth Franklin Lewis (Mary Washington University). Esta última colabora en esta entrega con un artículo sobre «Genre and Gender» en las odas de María Rosa de Gálvez, cuyo teatro, recientemente editado por Fernando Doménech en Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra, tengo pendiente comentar aquí. Además, y como siempre, el volumen contiene otros trabajos de especial interés, como el de Noelia López-Souto sobre «Las bibliotecas de José Nicolás de Azara» o el de Mónica Botta sobre la primera normativa teatral en Buenos Aires en 1783, una fecha tardía con respecto al establecimiento de locales para teatro en otras ciudades de América. O la sección, ideada en su día por David T. Gies, de «Cajón de sastre bibliográfico», con información sobre novedades editoriales en el campo del dieciochismo. La mano de quien ahora se despide como director se notó desde el principio —yo era suscriptor unos años antes de que asumiese la dirección David, cuando la llevaba la profesora Eva M. Kahiluoto—, tanto en los contenidos de la revista, como en su difusión y repercusión científica en su ámbito; y también en las facilidades que para los suscriptores españoles supuso poder abonar el importe de la suscripción en una cuenta española, y así evitar un sobrecoste de casi el importe de la suscripción por la suma de la comisión por cambio de moneda y de los gastos de envío. Los lectores de Dieciocho debemos agradecer tanto trabajo al profesor David T. Gies y desear lo mejor al nuevo equipo que toma las riendas de una de las publicaciones más reconocidas entre las que se dedican al estudio de la literatura setecentista.
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