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sábado, 25 de noviembre de 2023

Obdulia

Galdós la llamó en su prólogo a La Regenta «tipo feliz de la beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias, descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso». Clarín, la primera vez que la hace aparecer en la novela, dice de ella —«toda Vetusta lo sabía»— que era «una mujer despreocupada»; y yo, sugestionado, sé identificar perfectamente a Obdulia Fandiño, la viuda de Pomares, al escuchar sus carcajadas. Esto es lo que pasa cuando uno se mete tan de lleno en su trabajo. Sí, tiene uno el privilegio de ganarse la vida así. Por ejemplo, contar en público —la clase— lo vivido a solas, que puede ser por una lectura optativa u otra necesaria para preparar un tema. Compartir con un grupo de estudiantes de literatura lo que tanto deseé hacer meses, días u horas atrás leyendo a solas. Quizá uno escribe un artículo de investigación o una reseña también por eso, por la necesidad de decir algo propio, nuevo, sobre lo que todo el mundo ve. Y uno quiere creer que a veces sirve. El caso es que las circunstancias me han permitido dar unas clases que no son mías en una asignatura que di hace años y que incluye el análisis de una joya como La Regenta, que me brinda la oportunidad de demorarme en los procedimientos narrativos utilizados por el autor para mover a un personaje como Obdulia —no digamos ya la inmensidad de otros como Ana, el Magistral o, claro, el acólito Celedonio—, o lo que es lo mismo, de disfrutar como un niño explicando la novela o permitiéndome digresiones sobre cómo fue recibida con el entusiasmo de Emilia Pardo Bazán o con el punzante desprecio del P. Blanco García. Lo de doña Emilia fue literal, pues escribió a su «distinguido» Alas para que le mandase a París (Rue Richelieu, 80) un ejemplar del primer tomo, que leyó fascinada en abril de 1885, y tuvo que esperar hasta principios de julio para fingir sentirse indispuesta con jaqueca, meterse en la cama y disfrutar con la continuación de la historia de ese «tipo femenino de equilibrio inestable» que es Ana Ozores. Así, más o menos, lo conté ayer; y noté ese brillo de interés en el aula que te salva una clase. Para compensar, no sé si merece la pena repetir la alusión al padre Francisco Blanco García, que en La literatura española del siglo XIX (1891) despachó en cinco líneas la novela, que llamó «disforme relato de dos mortales tomos», y arremetió contra los escritores naturalistas de este modo: «Renuncio a prolongar esta reseña con los nombres, poco y en mala parte conocidos, de varios escribidores que han hallado en el naturalismo un medio para salir de la obscuridad, vertiendo a granel las contadas especies que caben en sus empobrecidos y anémicos cerebros, lanzando a la voracidad lujuriosa de algunos lectores los hediondos comistrajos, las hirvientes gusaneras con que se sacian, para irritarse de nuevo, los estímulos de la sensualidad. No a la crítica literaria, sino a la policía, toca habérselas con los productos nocivos del contrabando novelesco» (2ª ed., 1903, pág. 554). Nunca tiene uno tantas ganas de que se tome nota; pero, sobre todo, de que se lea con la misma fruición que la autora de Los Pazos de Ulloa una obra tan sobresaliente y que, por fortuna, sigue figurando en nuestros planes de estudios. El próximo día volveré con más ganas a recomendar su lectura, y, vista la construcción general del relato, por ejemplo, abordar cómo y por qué resuelve el autor algunos capítulos con los cabos sueltos que retomará con maestría más adelante. Por el momento, me quedo con Obdulia en el final del capítulo VII, mostrando un pollo pelado que palpitaba a punto de jincar el poleo. Propuestas de interpretación y trabajo gustoso.

martes, 15 de mayo de 2012

Nueva edición de 'Su único hijo'

A principios de año supe de la publicación inminente de esta nueva edición de Su único hijo. Edición, introducción y notas de Francisco Caudet. Madrid, Clásicos Castalia, 314, 2012. Ahora la tengo en mis manos y la pongo aquí para que se tenga en cuenta en nuestro programa de novela del siglo XIX. La edición del profesor Caudet incluye en apéndices los textos de la órbita creativa de Su único hijo, así Sinfonía de dos novelas, Speraindeo, los fragmentos alusivos a Juanito Reseco y el cuento de Pipá "Amor' è furbo". Nuestras últimas clases sobre la novela empezaron por la comparación con La Regenta, en lo que insiste reiteradamente Caudet en su introducción.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

La última clase de este año —que no de este curso—, casi, la han dado ellos. Quería hablar de La Regenta, pero todo derivó en literatura. "¿Entonces?", me dirá alguno. En más literatura, si cabe, diré yo. Porque da gusto que un grupo de alumnas —y Samuel— te reclamen que quieren más actividades culturales en su Facultad, que quieren conocer bibliotecas, que sería bueno tener más descuentos para asistir a las funciones del teatro de esta ciudad... No tienen motivo; pero su voluntad y su razón ya valen. Porque hay actividades en su Facultad, hay bibliotecas y hay descuentos y promociones en el Gran Teatro de Cáceres para ellos; pero a veces es difícil conciliar aquello y esto. Es fácil poner remedio. Es fácil satisfacer su gana. Y es muy agradable que E. cuestione en clase el canon, que le replique C. y que A. diga que ha leído ya tres veces La Regenta, y que le entusiasma, que era de lo que estábamos hablando. Felices fiestas. También a los de 5º, claro.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La Regenta



Espero que se note que disfruto en clase leyendo las primeras páginas de La Regenta de Clarín, que vamos a tratar estos días. Esta mañana he subrayado esta presentación del poema de piedra de la torre de la catedral de Vetusta.
"La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos."
El narrador, que en las primeras líneas de la novela nos ha tenido pendientes a ras de suelo de migajas de la basura, de sobras de todo y de su rumor estridente en el silencio de una tarde de octubre, nos lleva ahora hacia lo alto, hasta llegar a la cumbre, a la palabra pararrayos. He llamado esta mañana la atención sobre la realidad del modelo. Cuando posé para esta foto, en Oviedo, en septiembre de 2006, pensaba, sin duda, en el comienzo de La Regenta. Perdón por lo exhibicionista; pero es lo más cercano y realista que he encontrado. Lo más auténtico también. A leer.

viernes, 10 de abril de 2009

Viernes Santo


© Manuscrito de La Regenta, con ilustraciones del autor. Archivo Tolivar Alas. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Nota bene: Hemos comentado en clase este comienzo de la novela que ahora podéis ver tal y como fue escrito.

“También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó ¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo. Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca -pensaba- tomo resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los Dolores, oyendo el Stabat Mater de Rossini, figurándose con calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies de su hijo, dum pendebat filius, como decía la letra. Había recordado, como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado, despreciado por todos... y hasta por ella misma... Y ya no había remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores del sacrificio... «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el trance de la procesión!».

Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto; era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas las calles de la Encimada, dándose en espectáculo a la malicia, a la envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y balcones aquel cuadro vivo que ella iba a representar? Buscaba Ana el fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días, en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en el escándalo de aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo... No, no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con silencio solemne...» y Ana sudaba de congoja... «¡Lo que había prometido!».

No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de la iglesia de San Isidro.”

(La Regenta, capítulo XXVI)

jueves, 7 de febrero de 2008

Vilanova

El martes murió el profesor Antonio Vilanova, a los 84 años de edad. Ayer le dediqué un recuerdo de mi época de estudiante. Lo traigo aquí porque hace días os hablaba de sus escritos sobre La Regenta de Clarín, reunidos en este libro de la colección “Argumentos” de Editorial Anagrama.
En él, hay también algunos trabajos dedicados a la obra articulística de Alas, pero lo fundamental está en sus asedios a la inmortal novela de 1885. Son de gran interés, para mí, trabajos como el que dedica a la gestación y creación de La Regenta, o el que analiza el adulterio como problema fisiológico y moral. Son reediciones de lo que se ha venido publicando en los últimos años, y lo bueno es tenerlos ahora recopilados aquí. Además, se añade una conferencia en el Simposio Internacional sobre Clarín de Barcelona en 2001, que no se había publicado, y que da título a todo el libro, Nueva lectura de La Regenta de Clarín.

jueves, 10 de enero de 2008

La Regenta

La llegada de La Regenta en la programación del curso es todo un acontecimiento. Casi todos los años coincide con el final del primer cuatrimestre, que no es mala manera de rematar una primera parte del curso. (En otro momento habrá que pensar en la licitud de este parón con la excusa de unos exámenes que son casi inexistentes).
Aspectos principales para la lectura de la novela que nos están sirviendo de guía en las clases:

La Regenta y el Naturalismo.
La estructura de la novela.
Los personajes en conflicto.
La figura del narrador.
Crítica social y literatura.
El estilo de Clarín en la novela.

Pregunta de examen: tras la lectura de La Regenta, ¿es o no es una novela genial? Razona tu respuesta.

Ilustración: Cubierta de la primera edición de la novela, en Barcelona, Daniel Cortezo y Cía., 1885.