miércoles, 2 de junio de 2021

Géneros dramáticos del siglo XVIII

Ayer me ocupé de este libro. No solo custodié en mi despacho varias cajas con medio centenar de ejemplares, sino que repartí unos pocos entre algunos compañeros y, al final de la mañana, fui a casa de su autor a entregarle los diez ejemplares que quería tener. De la familiaridad y de la amistad que lo explican todo ya hablé aquí el septiembre anterior a todo el desastre de la pandemia. Además, son las prendas que justifican que uno figure en la cubierta y el interior de este volumen que no incluiré en mi currículum académico y sí en el afectivo. El sello que lo edita —nuestro Servicio de Publicaciones— y la colección que lo envuelve son especialmente cercanos para mí. No sé si todo esto ha influido en que ayer me ocupase de este libro como he estado ocupándome todo este rato al escribir estas líneas. Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura —Colección Magistri, 9—, 2021) es un homenaje a su autor, Jesús Cañas Murillo, y un signo de los tiempos. Hace décadas, los studia in honorem a los filólogos se convirtieron en referentes bibliográficos de los estudios de áreas como lengua y literatura españolas, como teoría o crítica literarias. No mencionaré nombres de todos conocidos, que podría ampliar a campos tan cercanos como la historia, y a figuras como los grandes historiadores españoles y extranjeros. Actualmente, los compendios en homenaje están devaluados y las agencias de evaluación han decidido, sin entrar en los contenidos de los trabajos, que son aportaciones que no deben ser consideradas. De manera que algunos volúmenes colectivos y misceláneos evitan cualquier atisbo de compadreo y se nombran, pondré por caso, Aún aprendo. Estudios de Literatura Española, un título que esconde —cuesta decirlo— los trabajos en su mayoría relevantes dedicados al insigne profesor Leonardo Romero Tobar (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012). No solo por eso —pero también—, el sentido de Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración es contribuir a la reunión de unos ensayos del homenajeado que tienen el denominador común de atender todos algún aspecto del teatro del siglo XVIII; pero no como una gavilla de trabajos diversos y previamente dispersos, sino como un conjunto con la lógica de constituir una historia teatral dieciochesca, en la que se aborda de manera general la periodización, la transmisión y los constituyentes genéricos de las diferentes modalidades del teatro de esa época. Una historia, sí, del teatro en la España de la Ilustración. Salvo un capítulo sobre la comedia de espectáculo, todos los demás son reescritura y refundición de otros que aparecieron en forma de artículos en revistas españolas y extranjeras, o en ediciones y libros que Jesús Cañas Murillo ha venido publicando en sus años de labor investigadora. Por eso es un libro utilísimo, sobre todo, para los estudiantes e interesados en la literatura teatral del XVIII, y, claro, lo diré, el mejor legado que podría haber dejado, después de sus clases allá por los años ochenta del siglo pasado, a quien ahora se encarga de su curso en la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres. Por cierto, cuando las revisiones preceptivas sobre los programas de nuestras asignaturas para el próximo curso lo permitan, incluiré en la bibliografía en lugar destacado este volumen tan esencial para la materia que es Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración de Jesús Cañas Murillo.

jueves, 15 de abril de 2021

La muerte de Artemio Cruz

 El curso pasado tratamos en clase por primera vez —y en el confinamiento— La muerte de Artemio Cruz, la novela de Carlos Fuentes, que se publicó el año en que yo nací. En estos días vuelvo sobre ella, casi coincidiendo con el aniversario de su personaje, el 9 de abril. En realidad, tiene la misma edad que yo; pero él dice haber nacido ese día de ese mes del año 1889. Y muere —relata su muerte—, en abril de 1959, un día después de haber cumplido los setenta. Protesto que no puede ser. Como la muerte de don Quijote o de Alonso Quijano el Bueno. Estos son absurdos de tan potentes personajes de ficción. Artemio Cruz y la nove
la tienen la misma edad que yo desde que existen como entes textuales literarios. La que
le tienen que atribuir mis estudiantes que ahora están leyendo o leerán la novela antes de que finalice este curso tan distinto al de por esta misma altura de 2020, pues no hay color entre aquello y esta benéfica manera de estar in praesentia de ahora, con todas las precauciones, con distancia suficiente, con mascarillas y con la puerta del aula y los ventanucos abiertos para tener ventilación. Sin embargo, qué paradoja, que la otra tarde, en un control de lecturas sobre César Vallejo y Octavio Paz —ahí es nada—, a distancia telemática, resultase experiencia tan grata la de por fin ver a tres de mis alumnas —y ellas a mí— sin tapabocas, como se dice en el México de Cruz y de Fuentes —«heredarás los rostros, dulces, ajenos, sin mañana porque todo lo hacen hoy, lo dicen hoy, son el presente y son en el presente: dicen ‘mañana’ porque no les importa mañana: tú serás el futuro sin serlo, tú te consumirás hoy pensando en mañana: ellos serán mañana porque sólo viven hoy:»—. A pesar de todo, no hay color entre las luminosas sonrisas de tres de quienes me han escuchado recomendarles que los días de bajón no se demoren mucho en algunos rincones del programa de lecturas —«Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo, / grave»—, y la más luminosa presencia con mascarilla, que es lo que nos ha tocado.

martes, 2 de febrero de 2021

Literatura actual

 

Hoy en clase ha surgido el nombre del escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, 1942). Lo mencionaba Juan Cruz en una reseña que se publicó el sábado pasado en Babelia del libro de Michi Strausfeld Mariposas amarillas y los señores dictadores. América Latina narra su historia (Debate, 2021), y que he compartido con mis alumnas. Porque hablaba de los grandes del boom y de algunos autores que vamos a leer este cuatrimestre (Octavio Paz, Juan Rulfo o Carlos Fuentes), y porque me ha gustado que Strausfeld reivindique los nombres de las mujeres que también contribuyeron a dibujar el mapa literario iberoamericano, como Elena Garro, Rosario Castellanos o Elena Poniatowska, entre otras de generaciones posteriores, y que yo todavía no he programado en mis cursos. Ya he pedido el libro para nuestra biblioteca. Al mencionar el nombre de Sergio Ramírez he dicho que fue uno de los impulsores del Frente Sandinista que derrocó al dictador Anastasio Somoza, y que llegó a ser vicepresidente de Nicaragua (de 1985 a 1990), que ganó el Premio Alfaguara de novela por Margarita, está linda la mar (1998), y se me ha olvidado decir que en 2017 se le concedió el Premio Cervantes. Pero me he detenido en su actividad política y en cómo ha sido víctima de la persecución y represión de su antaño amigo Daniel Ortega, un revolucionario convertido en monarca absoluto, en caudillo, junto a su esposa, vicepresidenta de un país que tienen sumido en la pobreza y en el desvarío de una propuesta que hoy he leído en la prensa después de salir de clase: la creación de una Secretaría Nacional para Asuntos del Espacio Ultraterrestre, la Luna y otros Cuerpos Celestes. Así se lee en la crónica firmada en El País de hoy por Carlos Salinas Maldonado, que escribe: «Con la violencia del Gobierno contra cualquier voz crítica, un paro galopante, el golpe de los huracanes Iota y Eta y los estragos de la pandemia del coronavirus (cuya letalidad Ortega negó), los nicaragüenses luchan por sobrevivir en una economía de miseria, mientras en El Carmen, la residencia en Managua de Ortega y su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo, sueñan a lo grande». También he hablado esta mañana de las novelas de dictadores, y mira por dónde aparece hoy en la última de El País este delirio. Después de haber hablado también hoy sobre lo real maravilloso. Pura actualidad.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Luciano Feria en Letras

Mañana jueves, a las 11:00 horas en el aula 11 de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, el profesor y escritor Luciano Feria (Zafra, 1957), tendrá un encuentro con los estudiantes de Filología Hispánica para hablar de su vocación por la filología cuando comenzó a cursar estudios en el antiguo edificio de la Facultad cacereña a mediados de los años setenta, de sus maestros Juan Manuel Rozas o Ricardo Senabre, de su pasión por la literatura y de sus experiencias docentes como profesor de Lengua y Literatura en institutos de Educación Secundaria durante casi cuatro décadas. El autor de los libros de poemas El instante en la orilla (1989), Fábula del terco (1996) y De la otra ribera (2004), presentará por la tarde su primera —y excepcional— novela El lugar de la cita (Santiago de Chile-Valparaíso-Barcelona, RIL editores, 2019), en el Espacio Belleartes (C/ Donoso Cortés, 6, de Cáceres) a las 20:30. Mañana jueves 6 de febrero de 2020.

martes, 17 de diciembre de 2019

Aliteraciones (I)


[1] De Ángel González, de Áspero mundo, en Palabra sobre palabra (pág. 31): «Voz que soledad sonando / por todo el ámbito asola, / de tan triste, de tan sola, / todo lo que va tocando. / Así es mi voz cuando digo / —de tan solo, de tan triste— / mi lamento, que persiste / bajo el cielo y sobre el trigo. / —¿Qué es eso que va volando? /—Sólo soledad sonando».

[2] De Jaime Siles, «Marina«, de Colvmnae, en Poesía 1969-1990 (pág. 211): «Una antorcha es el mar y, derramada / por tu boca, una voz de sustantivos, / de finales, fugaces, fugitivos / fuegos fundidos en tu piel fundada.»

[3] De Sara Sánchez Soler, Summa […] VI.2 (s.p.). «Yo no sé si Schumann es de suyo sabio; pero su sonata grosse en fa sostenido será suficiente para saber cómo suena su sensualidad sonora, esa solidez sinfónica tan sublime».

[4] De Santiago Lorenzo, Las ganas (pág. 146): «Benito no sabía ni cómo contenerse, tras un trienio de tremendo tremedal tremolándole entre las tripas».

jueves, 12 de diciembre de 2019

Casa de Meléndez Valdés


La tarde de este miércoles 11 volví a Ribera del Fresno a la inauguración de la Casa Meléndez Valdés, un espacio de interpretación y documentación sobre este ribereño ilustre, poeta y magistrado, y una de las figuras más destacadas de la segunda mitad de nuestro siglo XVIII. He vivido muy de cerca todo el proceso de creación de este espacio, desde que, hace más de cinco años, Piedad Rodríguez Castrejón, la alcaldesa de Ribera, me contase la intención de habilitar el inmueble sito en la calle que lleva el nombre de Meléndez Valdés, por aquel año —2014— recién adquirido para memoria y tributo del escritor ilustrado. Resultan tan fortuitos ciertos hechos que me pregunto cómo, después de dedicar tantas horas a la lectura y al estudio de las obras de «Batilo», ha sido mi hermano José María —desde su empresa «+ Magín» —que casi nadie pronuncia bien— quien ha dirigido toda la musealización y la preparación de los textos de una actuación tan encomiable. Muchas grandes ciudades con hijos ilustres desearían tener un espacio como el que acaba de inaugurarse en Ribera. Hace unos años, estuve en Florencia en el museo «Casa di Dante», y puedo asegurar que ni siquiera las tres plantas juntas de ese sitio en el centro histórico de la ciudad italiana pueden resistir una comparación con lo que ofrece en homenaje a Meléndez Valdés un pueblo agrícola de Tierra de Barros orgulloso de su historia. Han pasado más de treinta años desde que participé allí, junto al escritor Bernardo Víctor Carande, en la inauguración del busto dedicado a Meléndez ubicado en aquel entonces en una de las plazas a la entrada de Ribera; y ahora celebro continuar estando tan próximo a todo lo que alrededor del ilustrado nos llega desde allí. Es admirable. La casa tiene cuatro salas, una dedicada al hombre, otra al jurista, otra al poeta y la dedicada al político, y todas ofrecen información y análisis de un perfil tan intelectual y humano como el del que escribió los Discursos forenses. En una de ellas hay un panel que me resulta especialmente querido, pues se recogen en él imágenes y reseñas de los estudiosos de Meléndez, desde Martín Fernández de Navarrete, Quintana, Pedro Salinas o Antonio Rodríguez-Moñino, que pertenecen a un pasado conocido y no vivido, hasta investigadores que, ya sí, tuve el gusto de tratar, epistolarmente o en persona, como Jorge Demerson y John Polt, o como Emilio Palacios o Antonio Astorgano. A mis alumnos, que tienen que leer en la asignatura de «Textos de la literatura española del siglo XVIII» el próximo cuatrimestre la poesía de Meléndez Valdés propondré una excursión a Ribera, a partir de febrero, para que conozcan este espacio de interpretración y documentación que acaba de inaugurarse. Ojalá pueda ser.