domingo, 22 de marzo de 2026

Malquerida

Me cabe la satisfacción de haber contribuido a rejuvenecer el paisaje de cabezas del patio de butacas del Teatro Español de Madrid en el que vimos el jueves pasado el montaje de Malquerida, dirigido por Natalia Menéndez, sobre la obra de Jacinto Benavente La malquerida (1913), con el artículo del que esta versión de Juan Carlos Rubio —y de la directora— prescinde, y así dota al personaje de más entidad trágica y menos popularización rural —que está en la copla «El que quiera a la del Soto / tié pena de la vida. / Por quererla quien la quiere / le dicen la Malquerida». Es así porque formé parte del grupo de profesores que motivó el viaje de una treintena de estudiantes de Filología Hispánica y Clásica de la UEX para ver una obra que Eduardo Haro Tecglen, hace ya treinta y ocho años —lo recuerda Raquel Vidales en su crítica de ayer en Babelia— consideraba propia del orden burgués del «mar de cabezas grises, blancas, con reflejos azulados» del patio de butacas del momento. El gran crítico escribía sobre el montaje de Miguel Narros de La malquerida, de 1988, en el que Aitana Sánchez-Gijón interpretó el papel de Acacia, la hija de Raimunda, que es el personaje que hace ahora, en la vigente versión. De aquel otro espectáculo, el de Narros, que también se representó en el Español, tenía el vago recuerdo —por otra excursión de estudiantes de Cáceres que acudieron a ver teatro a la capital— de un caballo que se hacía salir a escena, y siempre lo he comentado en clase cuando he aludido a la escena V de la jornada III de Don Álvaro o la fuerza del sino, cuando «Don Carlos sale a caballo con una ordenanza detrás y coloca la compañía a un lado». Un lance que, por las dificultades en la representación, se sustituyó en el estreno de 1835 por las intervenciones de un teniente que anunciaba que «Hacia aquí viene un ayudante a carrera», y de un capitán que añadía: «Se apea del caballo: alguna orden viene a comunicarnos». Creo recordar algún comentario de Narros o de Celestino Aranda sobre los numerosos problemas que comportó usar un animal en escena en su montaje de La Malquerida de 1988, y este mismo fin de semana he podido ver cómo rtve play titulaba el podcast de una entrevista con la actriz en La Revuelta: «El caballo que dejó en bragas a Aitana Sánchez-Gijón». Sin caballo, y sin los elementos más realistas del ruralismo y costumbrismo del drama de Benavente, incluida la eliminación de los rasgos del habla popular, la recuperación del texto parece buscar una lectura poética de la tragedia, una estilización que está en la escenografía, en la esmerada iluminación, en la música, y que es muy apreciable en la magnífica interpretación de Aitana Sánchez-Gijón, de tal elegancia que puede resultar en exceso sofisticada para el papel de la Raimunda del drama. En cualquier caso, sus movimientos y su porte fortalecen su condición de núcleo desde el que parte todo, por encima de la figura que titula el drama y cuyas claves no se desvelan hasta su final. Aquí, en la resolución del final está lo más llamativo de lo que vi la noche del jueves, pues cabe deducir por la reacción del público —desde las expresiones de estupor a las risas— que en su mayoría no conocía el texto de Benavente. Por eso, además, a la salida, algunas alumnas ponderaron tanto la sutileza del cartel más difundido del espectáculo y esa rosa roja sobre el pecho de Aitana Sánchez-Gijón. La intemperancia del desenlace condiciona la manera de orientar el perfil del personaje de Acacia, la hija, la malquerida, interpretado por Lucía Juárez, que sabe subrayar al principio la candidez aparente de una novia a punto de casarse para ir convirtiéndose en la figura crucial del conflicto, también sostenido con solvencia por Juan Carlos Vellido como Esteban. Goizalde Núñez en el papel de Juliana es otra de las cumbres interpretativas de un elenco con excelentes papeles secundarios como el de Dani Pérez Prada, en la piel de El Rubio. El conjunto es sobresaliente y resulta admirable cómo se han sabido explotar los recursos —desde la adaptación a la interpretación— para levantar un texto de difícil asimilación contemporánea si no se hubiese reelaborado con ese buen fin el original del Premio Nobel de 1922 que fue Jacinto Benavente.

domingo, 15 de marzo de 2026

Amazonas de la pluma

Me alegro de haber visitado, aunque haya sido a pocas horas de su cierre, la exposición Amazonas de la pluma. Mujeres de letras en el siglo XVIII, que desde el 15 de enero se ha podido ver en la Sala de la Columna de las Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca. En tan imponente edificio, una sala tan extraordinaria ha arropado una muestra exquisita y le ha añadido un sabor muy especial que, en mi experiencia, ha subrayado el valor histórico de lo visto. Más de una treintena de ejemplares, procedentes del fondo de la Biblioteca Histórica de la USAL y de algunas colecciones particulares, ha constituido una significativa representación de la actitud de reacción, de reivindicación y de reforma contra la tibieza ilustrada con respecto al papel de la mujer en la República de las Letras y su acceso a la educación y la cultura. Unos paneles informativos destacaban las figuras de algunas mujeres protagonistas en diferentes ámbitos: Madame de La Fayette, la filóloga francesa Anne Dacier, Jeanne Marie Leprince de Beaumont, la actriz y escritora Marie-Jeanne Riccoboni, la crítica literaria Elizabeth Montagu, Madame de Genlis, la traductora aragonesa Josefa Amar y Borbón, Madame de Stäel y Mary Shelley. Otras quedan concernidas por algunos títulos de la exposición, como la nieta de Felipe V María Isabel de Borbón y Parma y sus Meditaciones cristianas, o la escritora suiza Isabelle de Montolieu, de la que se ha mostrado un ejemplar de la traducción española de su novela Carolina de Lichtfield (1802); pero también algunas mujeres nacidas en el siglo XVII, como Anne-Marguerite Petit Du Noyer, Marie de Rabutin-Chantal Sévigné, que se ejercitaron en el género epistolar. También algunas defensas de las mujeres por hombres han estado representadas aquí, como las de Juan Bautista Cubíe en Las mujeres vindicadas de las calumnias de los hombres (1768), de las páginas del periódico de Clavijo El Pensador, o del agustino Alonso Álvarez en sus Memorias de las mujeres ilustres de España (1798). En pequeño formato (16 x 16 cm.), el cuidado catálogo publicado por Ediciones Universidad de Salamanca recoge los cinco apartados que han articulado la muestra (1. Mujeres en la Historia; 2. Eruditas, traductoras y filólogas; 3. Narradoras y cuentistas; 4. La educación de las mujeres; y 5. Mujeres frente a la Historia), y fija en el papel imágenes, descripciones y comentarios sobre los libros expuestos, en textos redactados por los tres comisarios de la exposición: la catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la USAL María José Rodríguez Sánchez de León, el doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la USAL e investigador Pablo Martín González y el director de la Biblioteca General Histórica de esa universidad Óscar Lilao Franca. Todos han logrado materializar con esta iniciativa una provechosa colaboración entre el proyecto de investigación en el que se inscribe, «Teoría de la lectura y hermenéutica literaria en la Ilustración europea», financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación y los Fondos Feder, y el rico patrimonio histórico de la Universidad de Salamanca. Sí, mujeres de letras en el siglo XVIII, amazonas de la pluma.

lunes, 9 de febrero de 2026

La biblioteca oculta de Barcarrota

En la cronología de la historia del descubrimiento de la Biblioteca de Barcarrota en 1992, y su difusión pública en diciembre de 1995, estos días de febrero serán muy relevantes. Por la publicación de este libro de Pedro Martín Baños, La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2026). Conozco bien el superior contenido de esta obra porque su autor tuvo la confianza de mostrármelo cuando estaba componiéndose y, una vez terminado, de pedirme unas páginas que presentaran a los lectores el contexto de un hallazgo tan inopinado e histórico. Esto explica que, aun antes de que propiamente se distribuya por los canales habituales esta publicación, escriba la presente nota que exalta su importancia y sus aportaciones, con la satisfacción de que haya salido con el sello de la Universidad de Extremadura en la que trabajo. Después de ver la magnífica exposición Malos libros. La censura en la España moderna en la Biblioteca Nacional de España en diciembre de 2023 y de disfrutar de la lectura de su catálogo, escribí aquí una entrada en la que celebré que el capítulo redactado para ese lugar por un filólogo como Pedro Martín Baños, «La Biblioteca oculta de Barcarrota» (págs. 91-97), apuntase la plausible hipótesis de que el poseedor de aquellos libros fuese el hidalgo portugués de Évora Fernão Brandão, que había sufrido persecución inquisitorial por sodomía entre 1547 y 1550 en su país. Ese fue el origen de una investigación que ahora —en la primera parte de esta obra, «En busca del ocultador de los libros» (págs. 21-142)— se desarrolla con todo detalle y rigor, y con el aporte de jugosa documentación de archivos portugueses y españoles. Lamentablemente, la brillante elucidación que lleva a cabo Martín Baños —que es uno de los pasos de averiguación más congruentes sobre el conjunto barcarroteño desde su descubrimiento— supone una contundente refutación de lo publicado por nuestro llorado colega Fernando Serrano Mangas (1954-2015), autor del libro El secreto de los Peñaranda, de 2003, reeditado en 2004 y 2010, que defendió que el médico judeoconverso de Llerena Francisco de Peñaranda fue el poseedor y ocultador de los libros. «Francisco de Peñaranda no tapió los libros ocultos» es el título del capítulo primero de esa parte, en el que se insiste desde el principio que «no hay un solo argumento objetivo que vincule de forma directa la Biblioteca de Barcarrota con Francisco de Peñaranda» (pág. 23). Por eso, una solidez argumentativa como la de Pedro Martín Baños en torno al evorense Fernão Brandão patentiza lo imposible de las réplicas o las matizaciones de quien ya no está. «La biblioteca de Barcarrota. Estudio histórico-bibliográfico» es la segunda parte (págs. 143-362), y ofrece por el momento la más completa descripción bibliográfica de todos los elementos de la biblioteca —incluida la determinante nómina-amuleto hallada entre los libros—, con el análisis de sus rasgos de heterodoxia, que fue, como señala el autor, «la premisa de que todos los volúmenes, incluido también el amuleto, resultaron comprometedores para su dueño, aunque no siempre fuera por los mismos motivos» (pág. 17). No se agotan con este portentoso estudio las muchas líneas que un hallazgo como el de Barcarrota plantea, en orden a la personalidad del poseedor de los libros, a la variedad de la heterodoxia de sus materias o a la cultura libraria en el siglo XVI, entre otros aspectos; y la «Recapitulación, con algunos cabos sueltos» (págs. 363-366) con la que cierra Pedro Martín Baños sus páginas es muy iluminadora, por realista y por honesta. No podía haber caído en mejores manos una investigación así, que es un gran paso en el esclarecimiento de un hecho verdaderamente extraordinario; las manos de un veterano profesor de Educación Secundaria en Almendralejo, excelente investigador, uno de los más grandes especialistas en la obra de Antonio de Nebrija, sobre el que escribió la biografía La pasión de saber. Vida de Antonio de Nebrija (Universidad de Huelva, 2019), y del que cuidó la edición del manuscrito de las Introductiones Latinae (Diputación de Badajoz, 2022), así como el volumen Antonio de Nebrija y la modernidad. Cinco siglos de espíritu crítico (2025), que ha publicado la Editora Regional de Extremadura y que recoge las intervenciones de las Jornadas sobre Humanismo extremeño que dedicó al personaje la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes en 2022. 

martes, 3 de febrero de 2026

Territorio de Álvaro Valverde

Me emociona tener en mis manos este volumen de la poesía completa de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959). Sé que no es completa y que el rigor exige el término que lleva el subtítulo de este imponente Territorio. Poesía reunida (1985-2025), que acaba de aparecer en la colección «Nuevos textos sagrados» de Tusquets Editores, sello en el que el poeta placentino viene publicando sus libros desde 1995, cuando salió Ensayando círculos. La redondez de una poesía completa expresa mejor este entusiasmo de ver toda una vida poética de cuarenta años recogida en un volumen de setecientas veintiséis páginas. Como dice Gonzalo Hidalgo Bayal en su espléndido epílogo, «esta poesía reunida ofrece una idea bastante clara y bastante amplia de cómo ha sido y cómo es la vida de quien la ha escrito, de cuáles son sus hábitos y sus costumbres, cuáles sus inclinaciones y sus intereses, cuáles, en fin, su concepción de la existencia, sus preocupaciones y su pensamiento» (pág. 695); y por esto mismo nos pone delante a ciertos lectores un escenario que hemos conocido desde su comienzo hasta el momento presente. Digo más: incluso sobrepasando ese límite por el principio, pues hay una prehistoria de este Territorio de la que también supimos gracias a que la vida nos ha favorecido con la cercanía y la amistad del poeta. La lectura de tan apreciado volumen, que recupera el título de su primer libro de 1985, me trae, pues, muchos recuerdos: conversaciones, viajes, encuentros en el momento fatal de la despedida de algunos amigos, cartas, numerosos correos electrónicos, wasaps, presentaciones compartidas y esa manera de honda relación de muchas, muchas horas de lectura. Me emociona revisitar poemas de Una oculta razón (1991), de Mecánica terrestre (2002) o de El cuarto del siroco (2018) en los límites de este nuevo territorio que los aúna, un volumen que ofrece novedades felices y significativas, como marcas de vida y de poesía: la dedicatoria invariable durante tantos libros a Yolanda, Leticia y Alberto, que incluye a sus dos nietas, Vega y Gala; los lemas generales de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y de Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»), la incorporación de un libro nuevo, Geografías del jardín, fechado en 2025, y la inclusión de una sección final de «Poemas recuperados», con siete textos de publicación desperdigada en muy diferentes sitios entre 1998 y 2012. Una obra así es una especie de atlas de la geografía poética de un autor en el que, además, la idea de lugar es nuclear; también es el calendario poético de una vida que es, con todo, una «apacible huida hacia la muerte» (de «Autobiografía», en Desde fuera). Lugar y tiempo son nociones recurrentes en el libro y en toda la obra de Álvaro Valverde, y este Territorio de 2026, en tanto que obra nueva, lo corrobora. Novedades, decía arriba, y también invariantes tan sutiles y delicadas como la presencia —de nuevo, después de Mecánica terrestre, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco— de la amistad con el artista Salvador Retana, que ilustra la cubierta, y que contribuye así a esta conciliación de todo. Celebro, en fin, alborozado, la publicación de esta poesía completa y doy las gracias a Álvaro Valverde por haberme permitido durante todos estos años asomarme a este privilegiado mirador de su territorio. Ahora, a seguir leyendo.

domingo, 25 de enero de 2026

José María Valverde, 100 años

Mañana, lunes 26, se cumple el centenario del nacimiento del profesor y escritor José María Valverde (1926-1996) en Valencia de Alcántara. Allí se celebrará mañana por la tarde un acto conmemorativo que dará inicio a unas jornadas en recuerdo del poeta y traductor vicentino que tendrán dos momentos: primero en su pueblo de origen, mañana y pasado, y luego en Cáceres, en la Facultad de Filosofía y Letras, los días 19 y 20 de febrero. El encuentro en Valencia de Alcántara se hace coincidir con el centenario y las jornadas se desarrollarán una vez que se haya reanudado el período lectivo en la Universidad de Extremadura, cuyo alumnado será el público principal de las actividades programadas. Mi compañero del área de Filología Inglesa Luis Javier Conejero ha sido uno de los impulsores de estos actos, y con él, el profesor de Derecho Constitucional de la UEX Gabriel Moreno. Ambos son de Valencia de Alcántara, y se han preocupado de buscar apoyos para la celebración de un centenario que contará mañana con la participación del escritor y crítico Jordi Amat, que fue responsable del libro Fons José María Valverde (1942-1996). Fragments d'una biografia intel-lectual (Centre d'Estudis Històrics Internacionals y Editorial Afers, 2010), sobre el valioso archivo personal del escritor, con manuscritos, documentos administrativos, cartas, prensa y papeles varios relativos a quien ha sido una de las figuras más respetadas de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX. Participarán también la poeta Ada Salas y el artista Jesús Placencia, coautores de Ashes to Ashes. Catorce poemas a partir de catorce dibujos a partir de T. S. Eliot, un libro que publicó la Editora Regional de Extremadura también en 2010, y que les servirá de base de una lectura que será una manera de recordar al Valverde que vertió al español los Cuatro cuartetos de Eliot en sus Poesías reunidas (1978). El martes 27 intervendrá el catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Valencia Jesús Tronch y tendrán lugar diferentes actividades de carácter didáctico sobre el escritor en el IES Loustau-Valverde de la localidad. Para las jornadas de febrero se han programado charlas en torno a la poesía, la traducción y el pensamiento de Valverde por diferentes estudiosos, procedentes de diferentes universidades españolas y de la UEX. Programa completo aquí.

jueves, 22 de enero de 2026

Antonio Rey Hazas

Hace algo más de un mes desde su fallecimiento y quiero recordarlo. Estoy seguro de que supe de la existencia de Antonio Rey Hazas (Guadalajara, 1950-Madrid, 2025) por su amigo y compañero de clase Jesús Cañas Murillo, que me hablaría de él en los primeros ochenta, antes de conocer alguna de sus numerosas publicaciones. Jesús estudió con Antonio en la Universidad Autónoma de Madrid, se hicieron amigos y ambos tuvieron como maestro a Juan Manuel Rozas (1936-1986), que luego ejerció en Cáceres desde 1978. Bajo su dirección, trabajaron juntos —con otros compañeros como Enrique Rull, José Rico Verdú, Mario Hernández o Miguel Á. Pérez Priego— en la elaboración de las unidades didácticas de la Historia de la literatura de la UNED, utilísima para el estudiante de tercero de Filología que yo era en 1983, cuando la compré. Quizá aquello fuese lo primero que yo conocía de Antonio Rey, porque, poco después, me hice con su edición de La pícara Justina, que salió, antes de que leyera su tesis doctoral sobre el carácter paródico de esa novela, en Editora Nacional, un sello también asociado ya desde entonces a su querido Jesús Cañas, por su magnífica edición del Libro de Alexandre, y a Rozas, a quienes ambos, Antonio y Jesús, dedicaron sus respectivas obras publicadas allí. Fue Malén Álvarez quien el martes dieciséis de este pasado diciembre me envió un mensaje de wasap comunicándome la muerte de Antonio Rey esa mañana. Ella lo había presentado en su intervención sobre Cervantes en el CPR de Cáceres en 2016, en uno de los muchos actos organizados por el centenario cervantino. Después supimos de los atisbos de la enfermedad que poco a poco fue agravándose y arrebatándole uno de sus fuertes, la memoria de la que echaba mano tan oportunamente cuando evocaba el pasaje de una obra, el dato de algún autor o una situación novelesca, de su Quijote o de otros textos.  No me resulta difícil reconstruir algunas de las situaciones que todos estos años nos acercaron, desde aquel día que probablemente fuese mi primer encuentro con él, cuando participó en el tribunal de la tesis doctoral de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes en 1987, papel que desempeñó magnánimamente en otras ocasiones en nuestro departamento cacereño, hasta su conferencia inaugural en el Curso de Verano Lecciones de Teatro Clásico, en la quinta y última edición dedicada al  teatro de Cervantes en junio de 2016. Es fácil recordarle ahora, cariñoso y amable siempre, lleno de sentido del humor, y con un talante que luego confirmaban las opiniones de quienes habían sido alumnos de un buen profesor, querido por todos, «de apacible condición y de agradable trato», como su amado don Quijote vuelto en Alonso Quijano el Bueno. También colegas como José Manuel Lucía Megías, Carmen Valcárcel o Rosa Navarro, entre otros, han dejado sus cariñosos comentarios en sus redes sociales. Presidió durante ocho años la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid, cuyas actividades conocí gracias al ciclo «La literatura española y su contexto universal (siglos XVIII a XX)», por hablar sobre la Ilustración y los orígenes del romanticismo en noviembre de 1996, en un abarrotado salón de actos de un céntrico instituto de enseñanza secundaria madrileño, como buena prueba de su capacidad de convocatoria y su gestión. Aun siendo un investigador de la literatura española del Siglo de Oro, de la picaresca, del teatro barroco y de la novela cervantina principalmente, me llamó siempre la atención la amplitud de sus intereses y la calidad de sus estudios sobre otras épocas, como un espléndido trabajo sobre la estructura de Don Álvaro o la fuerza del sino, que publicó, precisamente, en el homenaje a Juan Manuel Rozas que le dedicó el Anuario de Estudios Filológicos de mi facultad. Otro autor del XIX, Pereda, mereció su atención, y una novela como Peñas arriba, que editó en Letras Hispánicas de Cátedra. Curiosamente, en otro homenaje a Rozas, el que editó la colección «Magistri» del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura en 2008, apareció otro de esos trabajos singulares por su agudeza, el que trató el poema «Lope. La Noche. Marta» (Agenda) de José Hierro. Pero sus numerosas aportaciones cervantinas con Florencio Sevilla (1956-2020) —otra pérdida temprana—, como Cervantes: vida y literatura (Alianza Editorial, 1995), o sus ediciones de las obras completas de Cervantes; y, en solitario, las de El Buscón (1982), del Lazarillo (1984) o de Salas Barbadillo y Castillo Solórzano en Picaresca femenina (1986), y sus libros Deslindes de la novela picaresca (Universidad de Málaga, 2003), Poética de la libertad y otras claves cervantinas (Eneida, 2005), entre otras publicaciones, son las que mejor representan su perfil como estudioso. Por ello, específicamente «por el engrandecimiento de la cultura hispánica», en 2013 fue galardonado con la Medalla de Oro José Vasconcelos en México, que agradeció con un documentado discurso titulado «América en Cervantes», recogido en un volumen homónimo que publicó ese año el Frente de Afirmación Hispanista, asociación promotora del premio y de la revista Norte. Con su tan leído Quijote, ya fuese por la melancolía que le causaba el verse vencido por la suerte, o ya, según quien crea, por la disposición lacerante del cielo, se le arraigó la enfermedad fiera que no quiso que hiciese salida nueva y cesó su vida (II.LXXIIII). Sacudidos por ello, nos quedan su recuerdo y sus obras. 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Espectador de provincias

Zorrilla, en sus Recuerdos del tiempo viejo, escribió que su padre firmó 72 000 pasaportes para pasar a Madrid a ver la famosa comedia de magia de Grimaldi La pata de cabra, estrenada en febrero de 1829 —en aquel momento, estaba prohibido entrar en Madrid sin una razón justificada. Nos lo recordó un experto en el teatro decimonónico como David T. Gies en su esclarecedora edición de aquella singular comedia en la colección «Tramoya» de Bulzoni Editore en 1986. Han cambiado los tiempos; pero cada vez que acudo a la capital a ver teatro pienso en aquello, y me siento como el espectador de provincias que va a la villa y corte a completar las carencias que la cartelera de una ciudad como Cáceres tiene. (De enero a mayo de 2026, los espectáculos estrictamente teatrales del Gran Teatro público de esta ciudad no llegan a la media docena; y no hay nada que se pueda considerar de calidad contrastada). En estos días propicios para el recuento anual, he recopilado mis notas sobre algo de lo visto en los teatros capitalinos, y puedo concluir ya que echo en falta aquella época en la que aquí podíamos ver grandes producciones de la cartelera nacional, a veces, incluso antes de que fuesen estrenadas en Madrid. En marzo viajé con el único motivo de ver el montaje de Historia de una escalera dirigido por Helena Pimenta para el Teatro Español. Me gustó mucho estar en el mismo espacio, setenta y cinco años después de su estreno; y suscribí la mayor parte de los calificativos que se pueden decir sobre el espectáculo, desde imprescindible y expresivo hasta soberbio, también el gran nivel dramático, la validez artística, lo impecable de la escenografía o el destacado desempeño de los actores y las actrices; pero me salí con el runrún de una precisa idea —que comparto— publicada por Raquel Vidales unos días antes en Babelia de El País (15.03.2025, pág. 15) bajo el título de «Teatro como Dios manda»: «el teatro es un arte que sucede en presente y las aproximaciones arqueológicas no contribuyen a su supervivencia, más allá de que puedan ser correctas, contentar al público tradicional y satisfacer a estudiosos de la literatura dramática o profesores de instituto». E insisto, no veo nada reprochable desde el punto de vista artístico y de conocimiento teatral a esta Historia de una escalera de Pimenta. Eso sí, no acabé de encajar las risas del público en determinados momentos de alta intensidad dramática y de expresión sobria de mensaje sombrío y desencantado, que se atenuó al final con el texto que dijo el niño —aquel sábado lo encarnó Eneko Haren—, y que Helena Pimenta había rescatado de unas palabras que el dramaturgo publicó en Primer Acto en 1957: «Los hombres no son necesariamente víctimas pasivas de la fatalidad, sino colectivos e individuales artífices de sus venturas y desgracias. Convicción que no se opone a la tragedia, sino que la confirma. Y que, si sabemos buscarla, advertimos en los mismos creadores del género. Mas, al tiempo, convicción que abre a las mejores posibilidades humanas una indefinida perspectiva. Pese a las reiteradas y desanimadoras muestras de torpeza que nuestros semejantes nos brindan de continuo, la capacidad humana de sobreponerse a los más aciagos reveses y de vencerlos inclusive, difícilmente puede ser negada, y la tragedia misma nos ayuda a vislumbrarlo. Esta fe última late tras las dudas y los fracasos que en la escena se muestran; esa esperanza mueve a las plumas que describen las situaciones más desesperadas. Se escribe porque se espera, pese a toda duda. Pese a toda duda, creo y espero en el hombre, como espero y creo en otras cosas: en la verdad, en la belleza, en la rectitud, en la libertad. Y por eso escribo de las pobres y grandes cosas del hombre; hombre yo también de un tiempo oscuro, sujeto a las más graves pero esperanzadas interrogantes». Son palabras que ahora, al final de un año y en el contexto español y mundial, cobran una significación muy particular. A la semana siguiente volví a Madrid, y en esa ocasión, al Teatro de la Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuya sección Joven puso en pie un digno Don Gil de las calzar verdes. Me llamaron la atención y me gustaron las modificaciones que sobre el texto de Tirso se hicieron para aclarar al público el complicado enredo de la comedia, pero me llevé un chasco cuando comprobé que el libreto que vendían a la salida era el texto mondo y lirondo original tirsiano. Habíamos visto a la Joven Compañía Nacional en junio del año pasado, en la trigésimo quinta edición del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, con un talentoso montaje de La discreta enamorada en el que nos tocó Cristina Marín-Miró como Fenisa, y esta actriz fue, precisamente, una de las destacadas de un elenco de Don Gil que resuelve muy bien una intencionada diversificación de los papeles del texto entre sus actrices y sus actores.  En ese caso, se quiso dividir las tres caras de un personaje —la Juana de Don Gil de las calzas verdes— en tres intérpretes: Cristina Marín-Miró (Don Gil), Ania Hernández (doña Juana) y Cristina García (Doña Elvira y Fabia). Fue una experiencia muy grata, con el añadido de que sirvió como actividad didáctica con nuestras alumnas y nuestros alumnos de Filología Hispánica, que disfrutaron, como yo, en su papel de público de provincias. Feliz año 2026.