Hace algo más de un mes desde su fallecimiento y quiero recordarlo. Estoy seguro de que supe de la existencia de Antonio Rey Hazas (Guadalajara, 1950-Madrid, 2025) por su amigo y compañero de clase Jesús Cañas Murillo, que me hablaría de él en los primeros ochenta, antes de conocer alguna de sus numerosas publicaciones. Jesús estudió con Antonio en la Universidad Autónoma de Madrid, se hicieron amigos y ambos tuvieron como maestro a Juan Manuel Rozas (1936-1986), que luego ejerció en Cáceres desde 1978. Bajo su dirección, trabajaron juntos —con otros compañeros como Enrique Rull, José Rico Verdú, Mario Hernández o Miguel Á. Pérez Priego— en la elaboración de las unidades didácticas de la Historia de la literatura de la UNED, utilísima para el estudiante de tercero de Filología que yo era en 1983, cuando la compré. Quizá aquello fuese lo primero que yo conocía de Antonio Rey, porque, poco después, me hice con su edición de La pícara Justina, que salió, antes de que leyera su tesis doctoral sobre el carácter paródico de esa novela, en Editora Nacional, un sello también asociado ya desde entonces a su querido Jesús Cañas, por su magnífica edición del Libro de Alexandre, y a Rozas, a quienes ambos, Antonio y Jesús, dedicaron sus respectivas obras publicadas allí. Fue Malén Álvarez quien el martes dieciséis de este pasado diciembre me envió un mensaje de wasap comunicándome la muerte de Antonio Rey esa mañana. Ella lo había presentado en su intervención sobre Cervantes en el CPR de Cáceres en 2016, en uno de los muchos actos organizados por el centenario cervantino. Después supimos de los atisbos de la enfermedad que poco a poco fue agravándose y arrebatándole uno de sus fuertes, la memoria de la que echaba mano tan oportunamente cuando evocaba el pasaje de una obra, el dato de algún autor o una situación novelesca, de su Quijote o de otros textos. No me resulta difícil reconstruir algunas de las situaciones que todos estos años nos acercaron, desde aquel día que probablemente fuese mi primer encuentro con él, cuando participó en el tribunal de la tesis doctoral de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes en 1987, papel que desempeñó magnánimamente en otras ocasiones en nuestro departamento cacereño, hasta su conferencia inaugural en el Curso de Verano Lecciones de Teatro Clásico, en la quinta y última edición dedicada al teatro de Cervantes en junio de 2016. Es fácil recordarle ahora, cariñoso y amable siempre, lleno de sentido del humor, y con un talante que luego confirmaban las opiniones de quienes habían sido alumnos de un buen profesor, querido por todos, «de apacible condición y de agradable trato», como su amado don Quijote vuelto en Alonso Quijano el Bueno. También colegas como José Manuel Lucía Megías, Carmen Valcárcel o Rosa Navarro, entre otros, han dejado sus cariñosos comentarios en sus redes sociales. Presidió durante ocho años la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid, cuyas actividades conocí gracias al ciclo «La literatura española y su contexto universal (siglos XVIII a XX)», por hablar sobre la Ilustración y los orígenes del romanticismo en noviembre de 1996, en un abarrotado salón de actos de un céntrico instituto de enseñanza secundaria madrileño, como buena prueba de su capacidad de convocatoria y su gestión. Aun siendo un investigador de la literatura española del Siglo de Oro, de la picaresca, del teatro barroco y de la novela cervantina principalmente, me llamó siempre la atención la amplitud de sus intereses y la calidad de sus estudios sobre otras épocas, como un espléndido trabajo sobre la estructura de Don Álvaro o la fuerza del sino, que publicó, precisamente, en el homenaje a Juan Manuel Rozas que le dedicó el Anuario de Estudios Filológicos de mi facultad. Otro autor del XIX, Pereda, mereció su atención, y una novela como Peñas arriba, que editó en Letras Hispánicas de Cátedra. Curiosamente, en otro homenaje a Rozas, el que editó la colección «Magistri» del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura en 2008, apareció otro de esos trabajos singulares por su agudeza, el que trató el poema «Lope. La Noche. Marta» (Agenda) de José Hierro. Pero sus numerosas aportaciones cervantinas con Florencio Sevilla (1956-2020) —otra pérdida temprana—, como Cervantes: vida y literatura (Alianza Editorial, 1995), o sus ediciones de las obras completas de Cervantes; y, en solitario, las de El Buscón (1982), del Lazarillo (1984) o de Salas Barbadillo y Castillo Solórzano en Picaresca femenina (1986), y sus libros Deslindes de la novela picaresca (Universidad de Málaga, 2003), Poética de la libertad y otras claves cervantinas (Eneida, 2005), entre otras publicaciones, son las que mejor representan su perfil como estudioso. Por ello, específicamente «por el engrandecimiento de la cultura hispánica», en 2013 fue galardonado con la Medalla de Oro José Vasconcelos en México, que agradeció con un documentado discurso titulado «América en Cervantes», recogido en un volumen homónimo que publicó ese año el Frente de Afirmación Hispanista, asociación promotora del premio y de la revista Norte. Con su tan leído Quijote, ya fuese por la melancolía que le causaba el verse vencido por la suerte, o ya, según quien crea, por la disposición lacerante del cielo, se le arraigó la enfermedad fiera que no quiso que hiciese salida nueva y cesó su vida (II.LXXIIII). Sacudidos por ello, nos quedan su recuerdo y sus obras.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario